Fin de semana largo, un feriado de octubre que no precisamente significaría descanso para 26 luteranos y luteranas de varias nacionalidades y grupos etáreos que nos reuníamos en el Instituto Universitario ISEDET para ser parte del taller de “Capacitación para facilitadores” organizado por el Servicio para la Diaconía, Misión y Desarrollo Sustentable de la Iglesia Evangélica Luterana de Argentina y Uruguay, IELU.
Era sábado. Comenzábamos una jornada de tres días que prometían ser de intenso trabajo según rezaba la agenda propuesta…el pronóstico de la jornada era “reservado”.
En el momento de las presentaciones de rigor observamos cómo el mapa de Argentina y de América toda se iba llenando de papelitos de colores que representaban a la maravillosa pluralidad de Argentina, Brasil, Perú, Ecuador, EE.UU. Ciertamente, la diversidad era muy grande ya que el encuentro congregaba a personas de diversas culturas, de edades entre 19 y 55 años, todas y todos convocados para aprender a “facilitar”. Claro está, ante esa oferta se podían esperar muchas cosas, lo cual quedó reflejado en sendas fichas que consignaban las expectativas de las y los asistentes al taller.
Ese fue solo el comienzo de una jornada que se desarrolló en el marco de la búsqueda de estrategias a través de las cuales todas y todas fuimos invitados, incluso retados, a convertirnos en puentes, en agentes de cambio de las comunidades eclesiales a las que pertenecemos, partiendo de nuestras propias vidas en relación al “otro y la otra”.
En el transcurso del taller fuimos movilizados intencionadamente -por quienes lo planearon y facilitaron- a poner en escena nuestras historias, nuestras capacidades, nuestros miedos, nuestras dudas y certezas, nuestras debilidades y fortalezas, todo encaminado a construir una propuesta que desde lo individual mire y aporte a lo colectivo.
Tuvimos un texto bíblico como compañero de viaje durante la jornada, Efesios 4, que nos recordaba día a día que el desafío de buscar la unidad en la diversidad es mucho más que solo una invitación, es un mandato amoroso de Jesús que debe extenderse. Y como todo texto vivo, se iba recreando a diario al ritmo de nuestras reflexiones y nuestro trabajo compartido.
Mucho lo dicho, mucho lo callado, infinito lo soñado. El espíritu que nos identificaba y comunicaba nos había desacomodado sutilmente al punto de que sin darnos cuenta habíamos comenzado el proceso de reinventar, una vez más, esa iglesia viva, liberadora, de puertas para afuera, que matando la indiferencia y quebrando estructuras de injusticia, sea capaz de inscribirse en la Historia con nuevos elementos, con nuevos personajes.
Y así, después de una oración salimos de vuelta a casa el lunes 12 de octubre, Día de la Raza. Cargábamos las mochilas llenas de preguntas, seguramente muchas más de las que teníamos cuando llegamos, y me atrevo a pensar que ese mismo era el objetivo de quienes facilitaron creativa y sabiamente el encuentro. El compromiso de nutrir la utopía construida quedó como manifiesto sin palabras…hasta que nos volvamos a ver a comienzos del 2010.