Formación-de-Facilitadores-TP-1 GFK
FORMACIÓN DE FACILITADORES: TRABAJO PRÁCTICO
Autor: Kreischer, Gustavo Federico
La Misión como proceso participativo
Cristo en su partida dejó en la tierra a la Iglesia, como un encargo al hombre para continuar su Misión hasta su nueva venida (reinado escatológico). La obra es de Dios, pero Él hace participar al hombre para su consecución, y lo dota de un sin fin de dones para poder lograrlo. Estos dones son maravillosamente esparcidos por Gracia a toda la comunidad, sin hacer distinciones (todos tenemos dones diversos, no hay diferencias lacio-clero, consejeros-congregados, etc. para la distribución de dones) y de una manera balanceada (toda persona posee al menos un don, a ninguna posee “todos los dones”). Por lo tanto, la Misión encargada no puede lograrla ninguna persona en forma individual, sino que solo puede lograrse mediante la interacción de todos/as. La Misión misma puede entenderse entonces como el mandato a un proceso comunitario y participativo (en doble sentido: 1) Dios invitándonos a participar de la Misión, 2) las personas participando y empoderándose conjuntamente, potenciando dones, para contribuir a la Misión).
Ello permite además entender a la comunidad religiosa a partir del enfoque sistémico, como un gran sistema que contiene (en distinto tiempo y espacio) a infinidades de grupos de personas y otros recursos articulados hacia un objetivo común: Dios. Cada uno de estos grupos posee características diferentes acorde al contexto en el que se desarrollan, objetivos específicos (objetivos propios del grupo, pero concordantes con la Misión de la Iglesia), y que a su vez son contenidos, contienen y forman parte de otros grupos (congregaciones individualmente consideradas, grupos dentro de las congregaciones, grupos ecuménicos, iglesias del sínodo, otras iglesias cristianas, etc.) que actúan contribuyendo al sistema acorde a su estructura y contexto. Cada grupo es en si mismo un conjunto de dones a desarrollar y de personas a empoderar; y la Iglesia, llamada por Dios a la consecución de un proceso Comunitario en la Misión, necesariamente debe fomentar la participación de las personas dentro de los grupos, y los grupos dentro “del sistema” iglesia para que a través del accionar comunitario, se cumpla el cometido del reinado escatológico. Además, en ese accionar comunitario deberá necesariamente interactuar con otros sistemas (grupos) de muy diversa índole, debiendo hacerlo también participativa y democrática.
La “Nueva Iglesia” Vs. la “Vieja Iglesia”
Como todo sistema abierto, a la iglesia pueden atribuírseles todas las características propias de los sistemas, y estar sujetos a la teoría del caos y la complejidad. Como conjunto de personas, los grupos que conforman la iglesia son susceptibles a la teoría de conflicto.
La experiencia nos demuestra que algunos de los conflictos en nuestras iglesias se han dado cuando las estructuras vigentes, que sostienen a determinados grupos que a través de los años han adquirido cierto “rango” dentro de su congregaciones, se enfrentan al desafío de nuevas personas o grupos, que viven otras interpretaciones de la realidad, proponen nuevas ideas para transformar su contexto y nuevas soluciones a los problemas de la temporalidad, es decir nuevos modos de ser iglesia.
Se dan en estos casos situaciones donde esos grupos enquistados, impiden o dificultan (de forma consciente o no) la consecución de las nuevas propuestas eclesiales. Más de uno habremos escuchado en nuestras comunidades alguna vez una frase característica: “SIEMPRE SE HIZO ASÍ”. El “siempre se hizo así” puede tener un impacto muy fuerte, cuando desde posiciones de poder se la utiliza para coartar la discusión siquiera, de nuevos modos de ser iglesia. Muchas veces estas barreras se disfrazan bajo un manto democrático.
Las consecuencias suelen ser personas desilusionadas, fieles desmotivados y hasta abandono de miembros de la práctica activa en su comunidad de fe o el alejamiento de las personas a las dimensiones diaconal y dialogal de la Misión. Su impacto es negativo sobre el “sistema iglesia” que pierde su capacidad de adaptabilidad, y en consecuencia, las estructuras rígidas traen entropía, es decir, desgaste del sistema.
La función de los Facilitadotes en el ámbito interno y externo de la Iglesia
En este contexto se introduce la figura del facilitador: una persona formada para ayudar a que los procesos comunitarios se lleven a cabo de forma participativa y bajo en enfoque de democracia profunda; una persona que se vale de metodologías para tratar de que la construcción colectiva sea empoderante para las personas y el grupo en su conjunto que buscará en su contexto y en forma articulada con objetivos superiores, contribuir a la Misión. Por ello, el facilitador tiene un importante campo de actividad dentro del marco eclesial en el acompañamiento a comunidades de fé que se dan cuenta de la necesidad de adaptarse, de renovarse, de cambiar.
También tiene que efectuar su labor fuera de ellos formando parte de otros procesos comunitarios más amplios que involucran relaciones con otros grupos locales (recordemos que la iglesia interactúa con otros sistemas para la consecución de su fin).
Algunas consideraciones con respecto a la tarea del facilitador
Una vez, un profesor me dijo que “la tarea de un gran dirigente es volverse dispensable”. La frase refiere a que la labor del dirigente debería ser ayudar a construir una organización que funcione como “conjunto”. Si ese fuera el caso, cualquier persona que “faltara” haría sentir su ausencia, pero eso no significaría “el fin de todo”, sino mas bien el inicio de un proceso de adaptación natural que la supla.
Puedo establecer un parangón de ello diciendo que el facilitador también tiene como tarea el “volverse dispensable”. Estimular la participación en las personas, ayudar a construir comunicaciones horizontales y más efectivas, apoyar la búsqueda de consensos, en fin, construir comunidad a través de un enfoque de democracia profunda, debería resultar en grupos autoempoderados, regulados y adaptativos, que justamente no necesiten de un agente externo para tomar decisiones, y resolver conflictos participativamente. El grupo queda, el facilitador se va, y todos aprenden. Ello explica porqué el proceso a facilitar tiene principio y final.
Puedo tomar como ejemplo de mis dichos lo sucedido en el primer encuentro del Taller de Formación de Facilitadotes. En el, nuestros facilitadores contribuyeron al proceso que estábamos iniciando. Ahora bien, durante los 3 días de capacitación se desarrollaron otros procesos grupales absolutamente independientes de la acción de los facilitadores en cuestión.
Facilitador interno y facilitador externo
A pesar de no tener incorporadas aún herramientas metodológicas básicas, y posiblemente no haber desarrollado todavía muchas de las características personales necesarias, distintas situaciones me han llevado a tener que asumir en algunas oportunidades el rol de facilitador externo. Confieso que por ello he sentido incertidumbre personal por no saber como reaccionarán los grupos ante mi intervención. Pero en cada uno de estos grupos he encontrado la ayuda del facilitador interno.
Si, facilitadotes internos, personas con un sin número de habilidades comunicativas naturales que desde adentro de los grupos (ya que formaban parte de ellos) han colaborado para llevar a cabo el proceso grupal en cuestión.
De mi poca experiencia entonces rescato la importancia para el facilitador externo de buscar tempranamente en el grupo si hay personas con características diferenciales que puedan asumir el rol de facilitadotes internos. Si las hay, establecer buen “feeling” y el requerimiento explícito o implícito de colaboración, ayudan muchísimo la labor emprendida.