Yo salí de nuestro primer encuentro inspirado por una visión democrática de la iglesia, en la cual cada quien tiene una voz y una oportunitdad para hacerse escuchar. También fue fuerte la imagen del Cuerpo de Cristo, donde cada persona tiene la oportunidad para desarrollar los distintos dones que Dios le dio.
Estas imágenes me surgieron en enero, cuando acompañé un campamento con los jóvenes de Grand Bourg, Florida, Ballester y la Plata. El tema de la semana era “Vivir y amar en libertad” (la sexualidad), y un de los mensajes fundamentales fue que cada persona tiene el derecho de hacer sus propias decisiones, y de que las mismas sean respetadas. Este concepto del empoderamiento de jóvenes resonó sutilmente con el tema de democracia, en que ninguna persona tiene autoridad moral sobre otra persona.
Aunque este mensaje fue importante, también hubo otro aspecto del campamento que me llamé la atención a mí. Cada día por un par de horas, los jóvenes se dividían entre cuatro talleres distintos: manualidades, música, teatro, y arte. Estes espacios fueron divertidos y constructivos, y los productos finales fueron impresionantes: cruces de madera pintadas con colores brillantes, dibujos artísticos de varias escenas del campamento, y el estreno de una nueva obra de teatro con el mismo Pedro Munaretto interpretando el rol del tio pretensioso. Era muy divertido mirar como se animaron los chicos, y no cabe duda que los talleres fueron una parte sumamente importante de aquella semana.
Los talleres les ofrecieron a los chicos distintas oportunidades para desarrollar sus dones artísticos, y fue importante que pudieran elegir entre varias opciones. Esto resuena fuertemente con Efesios 4—dado que ya solemos hablar de lo artístico en términos de dones. Pero también hubo otra cosa que me hizo pensar: había un grupito de tres chicas en el campamento que se rehusaron involucrarse con las actividades, optando por quedarse en su carpa y rechazando nuestras invitaciones para juntarse a la diversión. Fueron especialmente hostiles contra los talleres, con la explicación que no eran buenas artistas y tampoco tenían ganas de aprender.
Mucho de esto obviamente fue un problema de una actidud negativa, pero sin embargo me quedé con la pregunta: que pasa si los intereses y dones de alguien caen fuera de sus opciones? Nuestra estructura fue bárbaro para quienes les gusta pintar o para los actores talentosos como Pedro. Pero ¿qué pasa al que le gusta bailar? O a los que se prenden con el skateboarding?
Mi propósito no es criticar, sino señalar que por más democráticas y educacionales eran nuestras estructuras en el campamento, sin embargo hubo un momento en lo cual nosotros, como líderes, nos sentamos para decidir cuales serían las opciones para los tallers, de ahí formando los parametros de las decisiones de los jóvenes. Ellos tenían el poder para elegir, pero solamente dentro de un contexto que ya había sido definido por gente con más poder aún. Mi pregunta, entonces, es la siguiente: ¿Qué hacemos nosotros, como facilitadores, para tener en cuenta las perspectivas minoristas—las que no caben dentro de estructuras tradicionales? ¿Qué hacemos con las personas que no están contentas con las opciones que tienen? La imágen ‘orgánica´del Cuerpo de Cristo hace sumamente importante que los facilitadores están concientes de su propio poder para armar la agenda.
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