Las mudanzas y los desafíos
A finales del año anterior me tomé el trabajito de mudarme, de un barrio catalogado como comercial y con mucha movilidad a un barrio en contra cara del anterior barrio.
Bien, esta mudanza fue para mí una experiencia diferente, puesto que no sólo implicaba trasladar objetos personales, sino que implicaba mudar algo más profundo.
Si bien antes me mude internamente en el edificio en 5 oportunidades, (cosa que lo hacía en medio día y no me complicaba tanto en ubicarme), en esta última oportunidad puse mucha fuerza, y costó ubicarme, no solamente por el recorrido sino por la ubicación del barrio y el contexto social.
A partir de esta experiencia observaba y reflexionaba a nuestra iglesia, y nuestras comunidades en su misión de llevar el evangelio. Y me preguntaba, cuando llevamos el evangelio al prójimo ¿qué cosas dejamos y qué cosas llevamos? Qué cosas de “lo que tenemos” desechamos y que otras cosas “valoramos”, ¿Cuántas veces nos tomamos el tiempo necesario para ubicar el contexto?; Si llevar el evangelio implica el compromiso, entonces ¿cómo y desde dónde nos comprometemos?
Estas preguntas se hicieron sentir con más fuerza en mis reflexiones dentro del trabajo de la PAIB (Pastoral de Acompañamiento a Inmigrantes Bolivianos/as), porque me cuestionaba seriamente, sobre la fidelidad con la que llevamos el trabajo.
Un día conociendo mi barrio, me senté a conversar un domingo con Juana, una mujer Boliviana, entre 30 a 35 años, madre de un hijo, en la que me contaba sus experiencias espirituales (días antes se enteró que me dedicaba a la teología, aunque mucho no lo asimilara, lo cierto es que sabía que yo iba a una iglesia)
Entonces ella, me cuenta muy preocupada sobre sus experiencias espirituales, todo esto a causa de las incesantes pesadillas que tiene en las noches las cuales no la deja dormir, los sentimientos de persecución y las imágenes de estructuras óseas que ve y no la dejan tranquila. Entonces, pensaba que la iglesia podría ayudar a liberar estos seres espirituales, porque ella reconoce que dejó de ir a la iglesia.
A lo lardo de tres semanas (días discontinuos) hablamos sobre su niñez, sobre posibles problemas, sobre conflictos, y la posibilidad de consultar a un profesional para ayudarle en el tema, con el fin de facilitarle posibilidades para que ella pueda trabajar su angustia, y con respecto a sus necesidades espirituales conversamos sobre su FE y sobre Dios que está en medio nuestro para acompañarnos, y por su amor nos cuida y protege como a hijos/as suyos/as.
Entonces en iniciativa propia, me preguntó sobre una comunidad de Fe a dónde ella podría concurrir y sentirse en comunidad, le invité a los cultos de la PAIB, (que empezarían en marzo) entonces quedó en pendiente para visitar alguna vez, yo quedé contenta.
Después de un par de días nos volvimos a encontrar, y ella estaba contenta porque le visitaron unos hermanos que le hablaron de Jehová de sus angustias y pesadillas, y resolvió que todo esto necesitaba una liberación espiritual, y para ello ira el viernes a su templo; ahora procura ir regularmente a sus reuniones.
Trabajar este tema, no es fácil (al menos para mí), en un principio empezaba con la mudanza, ahora comprendo el por qué me fue difícil, y es porque al mudarme, no solo trasteaba mis objetos personales, y un par de libros, sino trasladaba también mi forma de vivir la vida, mi forma de entender a Dios, trasladaba mi núcleo de reflexión (una habitación en un edificio académico)
Durante esas semanas la preguntas de Juana daban vueltas en mi cabeza, buscando las “respuestas” (por decirlo de alguna manera), de nuestra teología frente a este contexto social, y estas necesidades espirituales y sociales.
Por ahora no es un asunto acabado (al menos para mí) pero lo más curioso que encontré fueron las miles de mudanzas que hubo a lo largo de nuestra historia como iglesia.
En un principio me costó mucho, porque vaciarme nuevamente para dejarme llenar y comprender por la otra historia de Dios cuesta, costó dejar los libros de Lutero para escuchar a las mujeres conversando sobre ellas y sus trabajos domésticos, costo salir de lo académico para hablar de lo cotidiano, costó salir de la discusiones entre estudiantes y comprender las discusiones de calle.
Porque entiendo que para compartir un evangelio, debemos comunicarnos y para comunicarnos debemos entendernos, acompañarnos mutuamente, dejarnos llevar o modificar, debemos mirar a Dios.
Y para esto debemos mirar también el horizonte, mirar el contexto críticamente, y recordando un poco lo que hablábamos en el taller de facilitación, lo primero que tenemos que hacer es identificar y luego predisponer de todo lo que nosotros/as podemos ofrecer y llegar a lo acordado.
Con todo esto, entiendo que hay mucho por hacer…. Esperemos que la siguiente mudanza sea un poco más sencilla
LUM